A mí, no sé qué se me da por el Centro de Lima. Será que desde siempre ha sido un punto medio para todo. Ahí paseaba con mis viejitos de chibola, solo por mirar y nada más, porque todo estaba cerrado en domingo. Me iba a jironear (término que revela mi antigüedad porque ya nadie le dice así a caminar por el Jirón de la Unión) con mis amigas en la adolescencia, lo cual es mucho decir porque apenas y me dejaban salir y con las justas tomar un micro, la línea 20 de aquel entonces. También iba de compras con mi hermana (y bien poco en verdad, porque todo o casi todo era hecho en casa, léase por mi mamá); y de grandota, ya en la universidad, acompañada de mi amiga Sandra, nos metíamos la lateada por Quilca, Tacna, Colmena , Dos de Mayo , Uruguay y Venezuela en busca de joyas literarias. Esos libros reviejitos de los que ya no hay, y que hoy ocupan mi librero. No más, biblioteca. Desde que vi la de Vargas Llosa, la he degradado a librero, hasta que tome forma y abundancia. Lleno de vida está, eso sí.
Este domingo se me dio por volver al Barrio Chino. Hace siglos que no pisaba por allí. Había querido ir desde el Año Nuevo Chino, que para ellos cayó 14 de febrero (porque soy anti San Valentín) pero fue el único día que encontré para fugar a la playa a tomar algo de sol y brisa marina y de pasadita a dorarme los min paws (mis hinchados y blancos pies), que ya estaban pasando mucho roche. El caso es que se me hizo tarde. Mis amigos, compañeros de playa, cine, vida y demás, querían comer pizza y tomar vino por el tema este de la amistad y el amor (¡sí, claro! ¡Voy a creer!), a Ellos se les unió C. y me chotearon mis Dragones chinos y mi despegue esotérico, ya que este año tocaba Tigre, ósea mi año. Pero bueno, en lugar de comer unos Rollitos Primavera o los ricos wantanes fritos, caballera, pizza y vino en Pulcinella. Así que me hice la firme promesa de ir pronto y hasta ahora pude. ¿Qué tiene esta calle que me hace salir en domingo (cosa que detesto, además) , en medio de este frío tan perro que me congela la nariz y enrojece mis cachetes? Para empezar, un precioso arco te da la bienvenida: “Bajo el cielo todos los hombres somos iguales” está escrito en sus caracteres. Su significado lo sé desde hace tiempo y no sé cómo (pol si acaso, China Toon no leel chino) pero supongo que expresa el deseo de los inmigrantes chinos que llegaron hace más de 150 años. Nada más justo en esta vida, además. Claro, también te sale al paso la doñita que te lee las cartas, baratito no más o el señor que te vende unos plásticos para la cocina que Yo, ama de casa no desesperada, ni entiendo para qué sirven y ni quiero entender. Mientras tanto, el olorcito a Sopa Wantan se va colando por mi nariz. Luego me salen al encuentro unos patos asados y colgados por el cogote, en exhibición total de sus doradas carnes. Pero no me voy a hacer la que no: huelen bien y se me hace agua la boca y es que Yo, al igual que muchos, amo los animales pero no puedo evitar comerlos. El cielo que me juzgue.
Así íbamos, buscando un buen chifa, hasta que C. recordó que cuando hicieron la remodelación de Barrio Chino “adoptó” una baldosa y acaso su nombre andaba por allí confundido entre las otras 29 000 mil baldosas más que acompañan a los animales del calendario chino, por todo lo largo de la calle Capón. Como tarados la hubiéramos seguido buscando (este hombre es muy obstinado) si no fuera porque nuestras tripas sonaron al rescate y entonces C. acudió al llamado de la selva y Yo con Él. Entramos al Chifa Wa Lok y Yo (siempre poniendo la nota discordante) pedí mi plato acompañado con Coca – Cola, por favor. Lo bueno es que acá no me miran como a pecadora por no pedir la bebida de sabor nacional, como en otros chifas. Andan demasiado ocupados con la cantidad enorme de gente que los visita. Yo nunca pensé que gustara tanto esta comida de fusión. Cosa curiosa: en el Barrio Chino no hay tantos chinos como esperaba encontrar. Dijo alguien por ahí: “Levanta una piedra y encontrarás un chino” , Digo Yo : “¿A dónde se metieron?”… y creo que mejor preguntar con quién, porque de lejos empiezo a notar unos rasgos bien mesclados : ojos negros y grandes pero que terminan en puntitas, pestañas rizadas y largas, mejillas saltonas, cabello negro y medio lacio-medio ondeado, nariz enana, cara de plato. ¡Chuma! Soy Yo, en el espejo.
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| Más o menos así, pero con unas colecitas y algunas papas. |
Cuenta mi leyenda personal, que nací en una clínica que quedaba por el Mercado Central. La Clínica Sánchez Moreno, a unas cuadras no más del Barrio Chino. Como jamás me parecí a mis hermanos (salvo por la voz chillona a mi hermana, pero eso no cuenta) Ellos se divertían inventando historias sobre mi origen: “Resulta que te trajeron a dejar a la puerta de la casa en una canastita de papas y como mi mamá la encontró, se quedó con las papas y contigo”. El acompañamiento variaba: a veces eran papas otras eran coles. El caso es que Yo me resentía y luego torturaba a mi mamá con mis preguntas: “ ¿Dónde nací?, A qué hora?, Cómo fue? “ Y luego cuando me enteré que el Barrio Chino estaba muy cerca de mi lugar de nacimiento: “¿Estás segura de que no me cambiaron? Porque a lo mejor NO soy tu hija y MIS padres tienen un chifa elegante en la calle Capón y son millonarios”. Y mis crueles hermanos alimentaban la leyenda: cambiada al nacer y criada por matrimonio peruano. Por supuesto, mi mamá salía en defensa de la presión alta que le costó el parirme.
Recordando esto, se me dio ahora a mí por buscar los restos de la tal clínica. Tal vez, en el fondo, temiese que no existió jamás y mi leyenda podría ir tomando visos de verdad. No le dije nada a C. solamente lo hice caminar y caminar hasta llegar a Mesa Redonda, a la disimulada, íbamos admirando la Arquitectura Colonial, los viejos balcones a punto de caer, los templos en refacción, la calle de los perritos (le decimos así porque venden cachorros, pero creo que es jirón Ayacucho) de donde saqué volando a C. que me anda jodiendo por un perro si acaso no tenemos hijos (será lo mismo, sí, claro! Ayyyyychhhhh!) y la verdad, ni muerta, de lejos no más (es para el perro). En esas andábamos cuando a mi vista apareció un edificio antiguo, no tanto, como de los 70 más bien, que ostentaba en el frontis este nombre EDIFICIO SANCHEZ MORENO. De modo que pensé que si hay un edificio que se llama así por ahí cerca, bien ha podido haber una clínica, pero claro, el crecimiento desproporcionado de Lima, la inmigración, la contaminación , el smog, etc., hicieron que la clínica en donde nací , cerrara sus puertas, tal como me lo dijo Señora Madre una vez. Iba explicando esto a C. y preguntando “¿Qué crees Tú que habrá pasado con ella?, ¿dónde estará?” Y este hombre cruel no tuvo otra que decirme que mejor ya ni busque porque seguramente, en su lugar, hay un prostíbulo. Sacrílegooooo!!! Por supuesto, hasta allí llegué con el tema de la clínica, las niñas cambiadas y el supuesto secreto de mi filiación, antes de que mi imaginación me traicione y me crea hija de alguna sing song girl o de la Dama de las Camelias Chinas. Pero en verdad disfruté caminando y curioseando en un lugar donde, por primera vez, a la gente no le llama la atención mi chinitud , cosa que me pasa todo el tiempo siempre que piso un chifa, por ejemplo. Hasta la tía Castula, una pariente de mi mamá alguna vez, al conocernos, me dijo “ Ahhh! Tú eres la diferente”. Ganas de mandarla a la chu…petería y a la con…fitería, no me faltaron pero
estábamos en un velorio y el dolor pudo más. Con semejante nombre ¿YO le parezco diferente? ¡Igualada!









































